Cultura
El Club Ajedrecista de la Calle Grande
Todos los días, a partir de las cuatro de la tarde hasta muy entrada la madrugada, se congrega el Club Ajedrecista De La Calle Grande en el corazón del parque San Miguel. El club, denominado así por la mayoría, recibe dicho nombre debido a sus antecedentes. La historia se remonta al año 1992, en la ciudad de Santa Marta, justamente en la frecuentada Calle Grande, (calle 17 con carrera Quinta), en los andenes de La Catedral, cuando personajes muy respetados en la cultura del ajedrez se reunían asiduamente para demostrar sus destrezas y habilidades estratégicas a través de aquel juego de pensamiento bélico que podía demorar horas y horas como también unos pocos minutos, dependiendo de la calidad del contrincante.
Por aquellos años destacaban algunos personajes prominentes que, en su jerga, hoy se siguen llamando ‘pioneros’ en el juego. Dentro de estos destacaban (y los siguen haciendo) algunos como Edgardo Santrich, Haroldo Guardiola, José González, ‘El Turco’, Ángel Reyes y un joven que para la época era un aprendiz, pero que hoy se ha convertido en una figura de mucho peso en el ajedrez, se trata del estudiante de Antropología de la universidad del Magdalena, Enrique Escobar, quien desde muy chico acostumbraba a observar, memorizar y aplicar cada movimiento de suma trascendencia sobre el tablero, se volvió autodidacta.
Debido a ciertos inconvenientes de orden público por los enfrentamientos entre la policía y el club de ajedrecistas en ese tiempo, el alcalde de ese entonces, Hugo Alberto Gnecco Arregocés, tuvo que implementar medidas para aplacar el descontento de la nueva comunidad que empezaba a tener un auge increíble. El problema se solucionó cuando se llevó a cabo la reconstrucción del parque San Miguel, donde se condicionaron algunos espacios para que los ajedrecistas pudieran reunirse, aunque el nombre del club fue el mismo siempre sin ellos pretenderlo. De ese modo, El parque San Miguel comenzó a ser uno de los más concurridos y populares de la ciudad.
Hoy, como hace 27 años atrás, se reúnen los mismos personajes, a excepción de los ya fallecidos o que están fuera de la ciudad. Dentro del club existe una inmensa variedad de personajes, quienes comparten la pasión por el ajedrez con en el ejercicio laboral. Algunos ejemplos son, el señor José González, pintor empírico de paisajes samarios; el señor Ángel Reyes, quien durante todo el día deambula con su carrito de tinto, agua, cigarrillos y dulces; por otro lado, están los desempleados o pensionados, que solo quieren disfrutar con su pasatiempo favorito.
A pesar de ser un juego netamente libre y sin presiones internas o externas, dentro del Club Ajedrecista De La Calle Grande se determinan un sinnúmero de reglas establecidas que se deben seguir al pie de la letra para evitar discusiones en la fraternidad. Una de las reglas más importantes es la distribución de mesas, pues todos parecen tener ya sus lugares definidos. En realidad, se ha adoptado esta costumbre por comodidad y conveniencia.
Otro de los términos fundamentales que el club ha reglamentado, es la manera en que se llaman unos a otros. Habitualmente lo hacen por el apellido, y a unos pocos se les llama por sus apodos. La espera por los turnos de cada partida debe hacerse con mucha paciencia, independientemente del tiempo que tome vencer al contrincante, aunque dicha espera acaba por convertirse casi siempre en un aspecto lúdico y de mucha distracción, puesto que los espectadores estudian y memorizan los patrones de juego que los ajedrecistas en batalla emplean.
Las jugadas también tienen nombres propios. Algunas son más reconocidas que otras y toma su tiempo aprenderlas y aplicarlas en el momento justo. Las más reconocidas entre los jugadores son ‘la aplanadora’, ‘la apertura’, ‘el doble ataque’, ‘la atracción’ y otras más, usadas con menor frecuencia, pero sin duda, son igual de efectivas a la hora de un contraataque o de una ofensiva. El señor Carbonó, uno de los pioneros más distinguidos en el club, afirma, que lo que realmente prima en el grupo es la hermandad, el respeto y el complemento en el juego, pues ciertos jugadores carecen de fichas y otros de tableros o como ellos suelen llamarle, de ‘pergaminos’, pero jamás debe faltarles nada en la mesa, ni las ganas, ni las herramientas.
En la mayoría de los casos, los orígenes del ajedrez terminan desencadenando una indefinida cantidad de mitos y leyendas entre los jugadores. La historia con más aceptabilidad data de la época monárquica, en algún punto del territorio hindú, cuando el flanco de un rey de la época fue violado por sus enemigos y este, para ganar algo de tiempo y organizar las filas de su ejército, mandó a su hijo junto con una tropa numerosa que no demoró en ser vencida, pero que les dio la oportunidad para planear una estrategia de combate y así derrotar a los invasores, plan que salió a pedir de boca. La referida técnica le fue vendida al rey por un andariego que iba de paso por el pueblo con un extraño y viejo tablero colmado de fichas en forma de animales.
Generalmente, el Club Ajedrecista De La Calle Grande discute diversos temas, mientras una partida tiene lugar. El diálogo hace parte del ejercicio cotidiano y en ello no hay censura o límites para cualquier tipo de asunto. Se habla de política, sociedad, religión, ciencia, historia, alienígenas, antropología, filosofía, economía, noticias de actualidad y demás particularidades que no parecieran tener cabida en ese momento. Para ellos, esta cultura significa una fuente continua de pensamiento, donde a través de ella se entretejen y convergen todas las opiniones sin buscar otra cosa más que la tranquilidad, que para ellos representa una decisión de libertad.
Por Luís Gutiérrez Cantillo

