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Estudio de Harvard derriba la pirámide nutricional
Desde tiempos inmemoriales, la pirámide nutricional o pirámide de los alimentos ha sido una de las lecciones obligatorias en los colegios de nuestro país. Este colorido gráfico ha servido a maestros y profesores para enseñar a los niños qué alimentos tienen grasas, carbohidratos o proteínas y para que aprendieran cuáles deben consumir preferentemente para tener una dieta sana y equilibrada. Sin embargo, en los últimos tiempos muchos dietistas-nutricionistas han alzado la voz para criticar estas guías que consideran una herramienta obsoleta.
La nutrición es una ciencia relativamente nueva que estudia los procesos fisiológicos que se dan en nuestro organismo con la ingesta de alimentos y que intenta analizar, grosso modo, cómo influyen en nuestra salud las legumbres, la carne roja, los cereales o la fruta, por ejemplo. Como en cualquier otra ciencia, los conceptos se encuentran en continua revisión y lo que un día pensábamos que era una realidad inapelable, otro día pasa a ser cuestionado. El último ejemplo es el caso de los yogures, un producto que tradicionalmente se ha considerado un factor de protección contra el sobrepeso y que, a juzgar por los últimos estudios, podría ser un arma de doble filo.
En los últimos años ha ocurrido lo mismo con los hidratos de carbono, la carne roja, o los zumos, por poner algunos ejemplos. Ahora sabemos que la carne roja y procesada son consideradas potencialmente cancerígenas, que debemos prescindir de los zumos por su alto contenido en azúcaro que deberíamos apostar por aquellos alimentos que estén elaborados al menos en un 75% con harina integral.
La Sociedad Española de Nutrición Comunitaria (SENC) publicó en 2015 una nueva versión de la tradicional pirámide que volvía a caer en algunos conceptos equivocados. Por ejemplo, seguía colocando en la base los hidratos de carbono, por encima de frutas y verduras, establecía los lácteos como un alimento que había que consumir entre dos y tres veces al día cuando se ha demostrado que no son imprescindibles y, bajo la excusa del «consumo opcional, moderado y responsable en adultos», situaba bebidas como el vino o la cerveza (perjudiciales para la salud) cerca de la cúspide.


