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EL PASEO TAMBIÉN SE HACE EN AVIÓN

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EL PASEO TAMBIÉN SE HACE EN AVIÓN

Una demora de quince minutos, la historia de una azafata y varias delegaciones de fútbol infantil con sus familias convirtieron el vuelo de Santa Marta a Medellín en un paseo lleno de escenas, acento paisa y aplausos al aterrizar en Rionegro.

Por Víctor Rodríguez Fajardo, El Man del Sombrero

Estoy a punto de abordar un vuelo de JetSMART rumbo a Medellín y, mientras observo a mis compañeros de viaje, tengo la extraña sensación de haber terminado como extra en una nueva entrega de la película colombiana El paseo.

Aquí hay de todo: maletas, morrales, sombreros, caras de trasnocho, viajeros primerizos y veteranos de mil batallas. Un reparto nacional completo, reunido por obra y gracia de las tarifas de bajo costo.

Solo falta que aparezca el director, grite «¡Acción!» y nos anuncie que la película ya empezó.

Por supuesto, yo también hago parte del elenco. Y, para ser sincero, probablemente no soy precisamente el protagonista más normal.

¡Medellín, allá vamos!

La película arrancó antes de subir al avión. Nos tuvieron más de quince minutos en el pasillo de abordaje. Ya no podíamos quedarnos en la sala de espera, porque habían dado la orden de abordar; pero tampoco podíamos entrar al avión. Ahí estábamos, sin saber qué pasaba ni cuánto más duraría la espera.

En ese momento empecé a fijarme en mis compañeros de viaje. Coincidían varias delegaciones de equipos infantiles de fútbol que regresaban a Medellín y a distintos municipios del área metropolitana del Valle de Aburrá, después de participar en un torneo en Santa Marta. Los jugadores venían acompañados por padres, abuelas, hermanas, tías y, al parecer, por todo familiar disponible para hacer barra.

La demora se volvió una tribuna improvisada. Los niños hablaban de sus equipos y los mayores estaban pendientes de cada maleta, cada morral y cada jugador.

—Morrr, ¿sí guardaste los guayos?
—Vea pues, yo te dije que llevaras otra muda.
—¡Ea, mijo, no se te vaya a quedar nada!

La espontaneidad, la alegría y el dominante acento paisa hicieron más amable la espera. Y, como en toda buena película de paseo, apareció una segunda trama: la de las tres azafatas.

Una de ellas se sentía mal. Tuvo náuseas, vomitó y se desmayó; un funcionario la ayudó a caminar hasta el avión. Sus compañeras comentaron:

—Siempre es la misma vaina con ella. Llegamos a Medellín y la bajamos. No podemos seguir con esto.

Ella respondió:

—Ay, muchachas, ya se me pasó, ya estoy bien.

Y volvió a su puesto. Las otras dos se miraron, pero no precisamente con cara de estar convencidas. La demora seguía sin explicación y, ahora, el reparto tenía una escena de suspenso.

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Por fin abordamos. En el avión continuó el espectáculo: las tres azafatas atendiendo lo suyo y las familias dando indicaciones a los muchachos y organizando su regreso a casa. Se escuchaba de todo. Hablaron de los equipos, de las canchas donde jugaron y también se quejaron del mal estado de algunas. El torneo había terminado, pero la conversación futbolera seguía en tiempo añadido.

Era la Bahía Soccer Cup, que reunió a más de 220 equipos. Hagamos una cuenta de servilleta: a 11 jugadores por equipo, son unos 2.420 futbolistas. Si cada menor viajó con uno o dos familiares, el universo de acompañantes podría calcularse entre 2.420 y 4.840 personas. Es una aproximación, no un conteo; pero ayuda a imaginar el tamaño de la barra que acompaña a estos equipos infantiles.

Ha sido, de lejos, uno de los vuelos más divertidos que me ha tocado. Bastaba con escuchar: el avión, lo que sucedía con el equipo de las tres azafatas y las instrucciones de los grupos familiares. Entre el suspenso de la demora, las historias de fútbol y ese acento paisa que alegraba el ambiente, el viaje tuvo reparto, conflicto y hasta comentario sobre las canchas.

Y llegó el final de la película. El avión tocó tierra en el aeropuerto José María Córdova, en Rionegro, y entonces pasó lo que pasa en un buen cine colombiano cuando aparecen los créditos: todo el público aplaudió.

Aplaudimos la gran hazaña de haber llegado sanos y salvos a la tierra de los fríjoles con garra, del guaro y de ese lugar donde se escucha con toda naturalidad:

—¡Morrrrr!

El torneo había terminado. Los equipos regresaban a casa y nosotros, después de quince minutos atrapados entre la sala de espera y el avión, también llegamos a destino. Se acabó la película, hubo aplausos y quedó la sensación de que el paseo había valido la pena.

Todo bien. Con ganas de regresar.