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EL CUENTO DEL GALLO CAPÓN DE LA POLÍTICA PARROQUIAL
Honorio se quedó con el mazo, Petro obtuvo permiso para salir del país y Laverde fue coronado con 269 votos. El Gobierno llama autonomía a lo que no controla; los congresistas enseñan la papeleta y uno de ellos, entre 279, consiguió anularla.
Por Víctor Rodríguez Fajardo, el Man del Sombrero
Con licencia para chiflar iguana a los habitantes de Las Torres del Corone con aspiraciones.
—¿Quieren que les cuente el cuento del gallo capón?
—Sí.
—Yo no les pregunté que dijeran sí, sino si querían que les contara el cuento del gallo capón.
—Bueno, cuéntelo.
—¿Que les cuente qué?
Y así puede uno pasarse la vida entera: dando vueltas, cambiando las palabras, escondiendo la respuesta y regresando siempre al mismo punto.
Exactamente como funciona la política colombiana.
Los números chismosean
Tres números cuentan la historia de estas últimas semanas: 56, 73 y 269.
Con 56 votos eligieron a Honorio Henríquez presidente del Senado. Con 73 autorizaron a Gustavo Petro para salir del país durante su primer año como expresidente. Y con 269 coronaron a Jorge Eliécer Laverde Vargas como contralor general de la República.
Los números no hablan, pero chismosean.
Honorio consiguió el mazo en una elección que alteró las cuentas anunciadas. Después, el Centro Democrático acompañó, con condiciones, la autorización solicitada por Petro. Finalmente, casi todos terminaron abrazados alrededor de Laverde.
Una coincidencia puede ser casualidad.
Dos pueden ser conveniencia.
Pero tres comienzan a parecer método.
Hasta mi beata abuela, crédula y piadosa, habría concluido que favor con favor se paga y que sectores que se insultaban hasta hace pocos días seguirán “coincidiendo” durante un buen tiempo.
No afirmo que exista un pacto secreto firmado con sangre debajo de una mesa. No necesito tanto.
Me basta con ver que aprendieron a bailar juntos sin pisarse los zapatos.
En la Contraloría, además, la cocina política dejó un ganador visible. Según reveló Daniel Coronell, Simón Gaviria y Lidio García ayudaron a construir el acuerdo que terminó llevando a Laverde hasta la elección.
Simón, el gran varón del trapo rojo, volvió a demostrar que en política no siempre manda quien ocupa el cargo: a veces manda quien acomoda las sillas antes de que lleguen los invitados.
Rodrigo Lara, ministro del Interior, hizo entonces una maniobra inteligente: anunció que el Gobierno no tenía candidato, que no intervendría y que dejaría al Congreso en libertad.
Traducido al lenguaje del béisbol: se quitó del plato antes de que le cantaran el segundo strike cuando apenas está calentando la silla.
Eso puede impedir que la derrota aparezca registrada personalmente a su nombre, pero no convierte la derrota en victoria.
El Gobierno no puso contralor, no condujo la elección y tampoco logró presentar una alternativa. La candidatura llegó cocinada, servida y con la mayoría sentada a la mesa.
Ahora pretenden explicarnos que no perdieron porque no participaron.
¡Ajá!
Cuando ganan, hablan de liderazgo, gobernabilidad y capacidad de concertación.
Cuando pierden, descubren la autonomía del Congreso.
Es la misma zorra de la fábula diciendo que las uvas estaban verdes porque no pudo alcanzarlas.
No chiflemos iguana.
La elección de Laverde fue una derrota política del Gobierno, aunque Lara haya tenido la precaución de no firmar la planilla del equipo derrotado.
Al gabinete del Tigre le tocará matricularse en la Universidad de Temu, Facultad de Realpolitik, modalidad exprés, con cuatro materias obligatorias: aritmética legislativa, química de alianzas, anatomía del favor y cálculo avanzado de traiciones.
De lo contrario, le seguirán imponiendo la agenda mientras desde la Casa de Nariño explican que todo ocurrió porque son profundamente respetuosos de la independencia institucional.
El Tigre no mostró los dientes
El episodio de Petro exige una precisión.
La autorización del Senado era un trámite previsto en la Constitución. No equivale a absolución, inmunidad, impunidad ni salvoconducto frente a una eventual decisión judicial.
El Gobierno no tenía que impedirle viajar por las malas.
Pero gobernar tampoco consiste solamente en abstenerse de violar la ley.
También implica fijar una posición, organizar las mayorías y explicarles a los ciudadanos qué representa cada decisión.
El Tigre no tenía que morder a Petro.
Tenía que mostrar los dientes.
Y no se escuchó un rugido suficientemente fuerte ni desde la Casa de Nariño ni desde el cuartel político de Barranquilla. El hombre presentado durante la campaña como símbolo de todos los males recibió su permiso constitucional mientras el nuevo poder observaba la escena desde la acera.
Después nos dijeron que las instituciones funcionaron.
Sí, funcionaron.
La pregunta es: ¿quién manejó los botones?
Antes de continuar, hagamos una pausa. Frente a los muertos, los heridos y las familias que lo perdieron todo por el terremoto no hay gallo capón ni sarcasmo que valga. Colombia debe rodear a los damnificados y canalizar las ayudas exclusivamente a través de alcaldías, gobernaciones, la Cruz Roja y las entidades oficiales que atienden la emergencia. Con el dolor ajeno también aparecen vivos; por eso, hasta para ser solidarios hay que verificar.
Cumplido el deber humano, volvamos al corral.
Bienvenidos a Credimarlboro
Qué espectáculo tan vergonzante el de nuestros honorables padres y madres de la patria después de elegir al contralor.
Las imágenes dejaron a varios acercándose a Laverde como quinceañeros frente a su estrella de rock favorita.
La sonrisa.
El abrazo.
La selfie.
El apretón de manos.
Y, en algunos casos, la papeleta mostrada para que no quedara duda de quién había cumplido.
Aquello no parecía una felicitación.
Parecía la apertura masiva de cuentas en Credimarlboro:
Vote hoy y cobre después.
Crédito aprobado sin cuota inicial.
Próximo pago: cuando el honorable llame.
No afirmo que Laverde vaya a pagar favores.
Digo algo distinto: la escena transmitía el comportamiento de quienes creen haber adquirido el derecho a que les contesten el teléfono.
—Doctor, acuérdese de mí. Yo sí voté por usted.
Y para evitar confusiones, llevaron el recibo en la mano.
El voto era secreto. Pero cuando un congresista exhibe la papeleta precisamente ante el beneficiario de su decisión, el secreto deja de ser garantía y se convierte en factura.
No sé si mostrar el voto configura por sí solo una causal autónoma de pérdida de investidura. Jurídicamente no sería responsable asegurarlo.
Lo que sí puede afirmarse es que volvieron a putear el voto secreto.
Lo hicieron para elegir a Honorio y repitieron la función con Laverde.
Nuestros congresistas conocen perfectamente los reglamentos cuando está en juego su propio pellejo. Presentan impedimentos, los dejan en el acta, esperan que sus compañeros los resuelvan y continúan votando con la tranquilidad de quien ya consultó al abogado.
Ahí sí:
El mico sabe en qué palo trepa.
Cuando la consecuencia puede ser la pérdida de investidura, leen hasta la letra menuda. Cuando se trata del espíritu ético de la norma, les llega un repentino analfabetismo institucional.
La regla dice voto secreto.
Ellos traducen: secreto para el ciudadano, visible para el elegido.
¿Y entonces pa’ qué estudiamos en colegio caro?
El voto que no contó
El resultado terminó de confirmar que aquello no fue una elección, sino una coronación con tarjetón.
Jorge Eliécer Laverde obtuvo 269 votos. Andrés Castro, 3. Karol González, 1. Julián Abadía, 1. Hubo 4 votos en blanco y, por último, la verdadera joya de la jornada:
Un voto nulo.
Los tres votos de Castro y los votos solitarios de los demás candidatos probablemente obedecieron a afectos personales, amistades o compromisos mínimos para evitar que después alguno reclamara:
—¡Pero ni tú votaste por mí!
Los cuatro votos en blanco dejaron una pequeña constancia:
—Ninguno me representa.
Pero el voto nulo es una obra de arte.
Entre 279 congresistas apareció un infiltrado que no aprendió a votar.
No sabemos si marcó dos nombres, escribió una proclama, hizo un dibujo, rayó toda la papeleta o protagonizó un acto de rebeldía conceptual.
Pudo ser torpeza.
Pudo ser protesta.
Pudo ser performance.
Cualquiera de las tres posibilidades es un poema.
En las elecciones parroquiales ocurre con frecuencia. El ciudadano se levanta temprano, se baña, busca la cédula, hace la fila, recibe el tarjetón, entra al cubículo y termina marcándolo de tal manera que nadie puede establecer por quién votó.
Pero aquí estamos hablando del Congreso de la República.
Profesionales del voto.
Personas rodeadas de asesores, abogados, secretarios, unidades legislativas, reglamentos y manuales electorales.
Y uno de ellos consiguió anular la papeleta.
Curiosamente, ese fue el único voto verdaderamente secreto.
Nadie pudo acercarse después a Laverde para mostrárselo.
El único voto que nadie exhibió fue precisamente el que no contó.
El nuevo contralor prometió que la entidad no será utilizada como garrote político.
Muy bien.
Los 269 votos pueden convertirse en una enorme fuente de legitimidad institucional o en una hipoteca respaldada por 269 expectativas. La diferencia dependerá de si Laverde vigila con la misma severidad a adversarios, amigos, padrinos, aliados y desconocidos.
Su primera tarea política —no jurídica— será romper la libreta de Credimarlboro.
Porque la Contraloría no puede iniciar cada auditoría preguntando quién mostró la papeleta, quién pidió la selfie y quién llegó primero a felicitar.
Y ese es, queridos habitantes de Las Torres del Corone con aspiraciones, el cuento del gallo capón de la política parroquial:
Los jefes acuerdan.
El Congreso corona.
El Gobierno llama autonomía a lo que no pudo controlar.
Los ganadores hablan de independencia.
Los derrotados descubren que las uvas estaban verdes.
Los congresistas muestran el comprobante.
Y después todos nos piden creer que nadie le debe nada a nadie.
—¿Quieren que se los cuente otra vez?
—No.
—¿No qué?
No chiflemos iguana.

